(BUENOS AIRES).- “Es demencial cómo vivimos. Yo te juro que ayer pensé que la quedaba”, le dijo un tipo a su amigo mientras estacionaba la moto a dos cuadras del Monumento a la Bandera. El otro, sin inmutarse, prendió un cigarro y le respondió: “Te enterrábamos con la de Argentina puesta eh”. La escena, tan común como cinematográfica, retrata el latido de una Rosario que respira exclusivamente por el Mundial 2026 y en la que casi nadie registra que este jueves a la noche Boca sale a la cancha.
En la cuna de la bandera, la previa del partido contra Sarmiento por la Copa Argentina está completamente atravesada por la fiebre de la Selección. Cuelgan banderas celestes y blancas de los edificios, los padres les sacan fotos a sus hijos vestidos de jugador y sonríen con el mural de Messi de fondo. Hasta las vidrieras se vistieron para la ocasión: las casas de vestidos de fiesta exhiben solo prendas celestes y blancas, en los kioscos se venden golosinas con la cara del capitán argentino y en las farmacias hay gigantografías de los jugadores de la Selección.
La postal más elocuente se ve en una esquina cualquiera. Un pibe revuelve la basura buscando algo para comer y en su espalda lleva la 10 de Messi, el mismo que después de la victoria contra Inglaterra recordó que la alegría era para el pueblo porque sabía que “hay gente que no tiene trabajo y no llega a fin de mes”. En la calle, todo gira en torno al domingo. Dos amigos se encuentran y lo primero que sale de sus bocas no es un saludo familiar, sino un “Qué locura lo de ayer, por dios”, seguido de una mueca de sufrimiento y un abrazo a medias.
Un partido en tierra de nadie
En medio de ese paisaje de banderas, murales y cigarrillos compartidos con el Paraná de fondo, Boca y Sarmiento se cruzan por los 16avos de final de la Copa Argentina en el Parque Independencia, territorio sagrado de Newell’s. Sin embargo, a horas del debut del Vasco Arruabarrena en el banco xeneize, el partido ni asoma en las charlas callejeras. “A horas del partido, de aquello ni noticias”, describe la crónica de una ciudad que respira por el equipo de Scaloni. Ni un grito, ni un cántico, ni una camiseta azul y oro que le haga sombra al vértigo mundialista.
La ciudad parece tener un único reloj interno que marca las horas para la final del domingo. Mientras los hinchas de Boca empiezan a llegar en micros desde Buenos Aires, el resto de los rosarinos solo tiene cabeza para lo que viene. El contraste es tan crudo como divertido: en los bares del centro se discute la posible formación de la Selección con la misma pasión con la que se ignora el fixture del equipo de La Ribera.
El fútbol domina por impulsos, por fuerza mayor. Por las emociones que genera, y en una ciudad que fue territorio sagrado de Olmedo, del Negro Fontanarrosa y tantos otros personajes célebres —pero en la que hoy reina, sin casi pasar tiempo en ella, el mejor jugador del planeta tierra— la Copa Argentina queda reducida a un espectáculo de segundo orden. Cuesta bajar del llano de un partido terrenal después de lo que genera la Selección más grossa de todas.
Así, la noche rosarina terminará tarde en el Parque Independencia, pero con las mentes y los corazones apuntando a un solo pensamiento. Porque por más que este jueves 16 de julio ruede la pelota en la cancha de Newell’s, todos los argentinos —bosteros, sabaleros o neutrales— ya viven en un loop mental que repite, casi como un mantra: “Que el domingo, cueste lo que cueste…”.
