(BUENOS AIRES).- Un veterinario de Seúl que se muda a regañadientes a un pueblo rural para hacerse cargo de la clínica de su abuelo. Esa es la premisa de Once Upon a Small Town, la comedia romántica coreana que Netflix sumó a su catálogo sin demasiado ruido y que muchos dejaron pasar por alto.
Han Ji-yul llega a Huidong casi obligado por las circunstancias. Dejar atrás la vida cómoda de la capital no le resulta nada fácil, y el contraste con la dinámica pueblerina lo descoloca por completo. Lo que al principio es una mudanza a disgusto se convierte, de a poco, en una lección de adaptación que pone a prueba su capacidad para amoldarse a las reglas no escritas de la vida en un pueblo chico.
En el pueblo Ji-yul conoce a Ahn Ja-young, una policía local que conoce a todos los vecinos y que guarda un secreto amistoso que la vuelve todavía más entrañable. También aparece Lee Sang-hyeon, el dueño del café del lugar, que completa ese triángulo de relaciones que sostiene la historia con simpleza y buen pulso.
El encanto de lo pequeño
La serie no necesita grandes villanos ni giros exagerados para enganchar. Apuesta a un romance tranquilo, con el ritmo de la vida rural como telón de fondo. Los conflictos son cotidianos, las escenas respiran y los personajes se van ganando al espectador sin golpes de efecto.
La química entre los protagonistas es uno de los puntos más celebrados por quienes la descubrieron en Netflix. Las miradas, los diálogos sin apuro y las situaciones compartidas en el pueblo construyen una cercanía que sostiene los doce episodios sin que decaiga el interés.
Otro acierto es la duración: cada capítulo ronda la media hora, un formato ideal para una maratón de fin de semana. En un ecosistema de series cada vez más extensas, Once Upon a Small Town se ve de un tirón y deja la sensación de haber acompañado a los personajes en un viaje corto pero genuino.
La producción coreana es un hallazgo para quienes buscan en Netflix algo distinto a los estrenos que copan las portadas. Una comedia romántica que prioriza lo emotivo por sobre lo estridente, con el paisaje rural como un personaje más y una historia que avanza sin apuro pero sin pausa. Doce episodios que se disfrutan en una tarde y que confirman que no hace falta gritar para hacerse escuchar.
