ESPECTÁCULO

Así es por dentro «la casita» de Bad Bunny: barra libre, sala de juegos y un ascensor privado

 

Barra libre, juegos y hasta un ascensor privado: así funciona el refugio que el artista usa en pleno show

 
Bad Bunny
Bad Bunny

(BUENOS AIRES).- Una barra libre que sirve comida y bebida durante todo el concierto, una sala de juegos con futbolín y ajedrez, hamacas para descansar y un ascensor privado reservado para el artista: eso es lo que hay por dentro de La Casita, el segundo escenario de Bad Bunny que ocupa apenas 50 metros cuadrados y se transformó en el espacio más codiciado de su gira Debí tirar más fotos.

Lejos de ser una maqueta liviana, la estructura mide 12,80 metros de ancho por 12,80 de largo y alcanza 3,66 metros de altura, con capacidad para 30 personas en el interior, 15 en el balcón y hasta 20 sobre el techo. Está construida con una combinación de espuma, metal y madera que simula zinc corrugado, paredes pintadas y bloques de hormigón, sin comprometer la movilidad que exige una pieza itinerante. El diseño fue de Mayna Magruder Ortiz y la construcción estuvo a cargo de un equipo liderado por el arquitecto Rafael Pérez Rodríguez.

La casita existe de verdad: está basada en una vivienda real ubicada en Humacao, en la costa oriental de Puerto Rico, que aparece en el cortometraje de la canción Debí tirar más fotos. La estructura original se levantó siguiendo los planos de una vivienda de Levittown en Toa Baja, la primera comunidad planificada para veteranos de la Segunda Guerra Mundial en la isla. Su propietario, un hombre de 84 años llamado Román Carrasco Delgado, demandó a Bad Bunny por presunto enriquecimiento injusto y reclamó una compensación de 6 millones de dólares.

Un pedazo de Puerto Rico en el escenario

Dentro del show, La Casita funciona como un refugio de intimidad en medio del despliegue monumental. Bad Bunny suele permanecer allí entre 20 y 30 minutos, interpretando versiones íntimas de canciones como Weltita, Baile inolvidable y Turista. El concepto plantea que el hogar no es un privilegio, sino un punto de encuentro, y por eso la casa se convirtió en el corazón emocional del espectáculo: un fragmento del Caribe y de la memoria barrial puertorriqueña trasladado a los estadios más grandes del mundo.

La ambientación cuida cada detalle. Por fuera, los muros rosa pastel contrastan con marcos y cornisas en amarillo saturado, con arcos redondeados y ventanas de celosía típicas de las zonas cálidas. Por dentro, hay obras de los artistas puertorriqueños Lorenzo Homar y Alexis Díaz, cerámica local, muebles y sofás de estilo caribeño, sillas y mesas de plástico, plantas naturales y televisores de gran formato encendidos, que recrean la sensación de un hogar habitado.

El acceso, eso sí, tiene reglas estrictas. La norma general establece que no se puede entrar con teléfono y el personal requisa los móviles, aunque hay excepciones: Marta Ortega permaneció casi todo el tiempo dentro de la estructura con su celular. Ningún invitado puede acercarse a tocar al cantante mientras actúa, y los seleccionados se identifican con una pulsera roja con la leyenda La Casita. El road manager maneja una lista de unos 230 posibles invitados y Jeremy, un miembro del equipo, coordina la elección de gente del público. Sobre el furor despertado en España, una fuente del equipo del cantante reconoció: «en Madrid se ha desmadrado un poco».

La Casita debutó en agosto de 2025 en el Coliseo de Puerto Rico, al inicio de la residencia No me quiero ir de aquí, que constó de 31 conciertos y tuvo a Penélope Cruz y Javier Bardem entre sus invitados. Después Bad Bunny la llevó al descanso de la Super Bowl, con Pedro Pascal, Karol G y Cardi B adentro, y por allí pasaron figuras como LeBron James, Kylian Mbappé, Ricky Martin, Quevedo, Sebastián Yatra y Belinda. La estructura sigue recorriendo el mundo junto a la sexta gira del artista, iniciada en noviembre de 2025.

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