(Por Carolina Mena Saravia para El Intransigente).- La Palma es una de las islas más pequeñas de Canarias y cuenta con un registro muy interesante para los estudiosos de la vid y sus comportamientos. El panorama es muy alentador, ya que, en una extensión de alrededor de 700 kilómetros cuadrados en el territorio de España, se pueden encontrar viñedos en diversas ubicaciones, que pueden ir desde escenarios próximos al mar hasta trepar alturas de 1400 metros.
El cambio geográfico está acompañado también de modificaciones en los registros de humedad, en los suelos y en los vientos, pero lo que permanece intacto es el carácter volcánico.
Existen cepas muy antiguas, variedades poco conocidas fuera del archipiélago. La razón es que la filoxera, aquella plaga que asoló el continente europeo a fines del siglo XIX, nunca invadió la isla. Este es el factor por el que es posible encontrar vides con raíces propias, algo casi inexistente en el continente.
Variedades como listán blanco, listán prieto, negramoll, malvasía aromática, albillo criollo, gual, sabro, bujariego y verdello son algunas de las autorizadas actualmente por la Denominación de Origen La Palma. Y la historia se remonta al siglo XVI, cuando la vid llegó a La Palma y encontró su clima ideal en la isla.
La malvasía adquirió renombre gracias a la fascinación que los ingleses comenzaron a sentir por ella y pronto el comercio comenzó a florecer de la mano de esta cepa blanca, característica de los climas donde no solo el calor influye, sino los vientos y las alturas juegan un papel fundamental para obtener la malvasía aromática, tan característica de La Palma.
Suelos inmunes a la filoxera
La filoxera, aquel diminuto insecto parásito de la vid, originario de América del Norte, atacó Europa allá por 1860. Al instalarse en las raíces, las dañaba y debilitaba de tal forma que podía provocar la muerte de la planta. La solución llegó mediante el injerto de las variedades europeas sobre portainjertos de vides americanas, resistentes a la plaga. Por ello, en Europa es difícil encontrar viñas anteriores a la filoxera o que todavía crezcan sobre sus propias raíces, lo que se conoce como “pie franco”.
Por carácter transitivo, la ausencia de filoxera es lo que contribuyó a preservar la singularidad de las vides de esta zona. En La Palma se ven viñas francas, un verdadero hallazgo que Vinicius Rodrigues define como “una imagen de cómo era la viticultura en el siglo XVI” en Wine Enthusiast. Y no es para menos, en gran parte del continente europeo la filoxera se llevó esa forma de cultivar y tratar la vid hace ya más de un siglo.
El vino de tea, otra joyita en La Palma
Y no solamente hablamos del suelo y de la forma de cultivar la vid propia de Canarias. El vino de tea es otra “especialidad” de La Palma, en la zona norte. Su particularidad reside en la crianza del vino, que se lleva a cabo en barricas fabricadas con el corazón o “tea” del pino canario, una madera muy resinosa que imprime al vino aromas y sabores característicos. Puede elaborarse con variedades blancas o tintas autorizadas por la DOP (denominación de origen protegida) La Palma. Como sello, el vino de tea lleva estampadas las costumbres ancestrales con que los habitantes lo preparaban.
En nariz es un vino intenso, balsámico y marcadamente resinoso, producto de su paso por las barricas elaboradas con el corazón del pino canario (Pinus canariensis). Sobre ese fondo suelen aparecer fruta madura, notas vegetales, herbáceas y ciertos matices minerales.
En boca suele mostrarseposee buena acidez, y suele mostrarse ligero y fresco, mientras reaparecen los recuerdos de resina y las sensaciones mentoladas; es frecuente, además, unleve amargor al final. No se trata de una descripción subjetiva, es parte de la caracterización oficial de la descripción que se encuentra en la DOP La Palma.
Un capítulo aparte merecen las históricas malvasías dulces y una nueva generación de blancos y tintos secos que cada vez despiertan mayor interés fuera de Canarias. La isla, curiosamente, guarda dos caras de una misma moneda. Por un lado, posee algunas de sus tradiciones más antiguas y a la vez, acorde a los tiempos que corren, tiene una viticultura de vanguardia, que hoy vuelve a resultar moderna, cuando todo lo tradicional se valora y forma parte del patrimonio cultural de un lugar, agregando un importante plus a lo que la zona ofrece.

No todo es color de rosa
El 19 de septiembre de 2021 la tierra tembló en Cumbre Vieja y el volcán se despertó. La erupción, hoy vinculada al nombre de Tajogaite, se extendió durante 85 días y transformó una parte del oeste de La Palma.
La lava se extendió sobre cultivos, viviendas, caminos y sistemas de riego; la ceniza cubrió parcelas y el ingreso a algunas fincas se convirtió en una odisea. Los viñedos más próximos al cráter llegaron a desaparecer bajo la ceniza y quedaron gravemente afectadas zonas vitícolas como Las Manchas, Jedey, Los Romanciaderos, Los Pelaos, Cabeza de Vaca y Llano de Tamanca. Durante la erupción se llegó a hablar de más de60 hectáreas afectadas y aproximadamente un centenar de viticultores damnificados, aunque las evaluaciones posteriores variaron según el tipo de daño que se estuviera contemplando.
Dos años después del volcán llegó otro golpe. En julio de 2023, un gran incendio afectó el noroeste de La Palma y alcanzó zonas agrícolas y viñedos, alcanzando las áreas de Puntagorda, Los Llanos de Aridane y Tijarfe. Antes de las llamas ya se habían producido temperaturas muy altas, humedad muy baja y fuertes ráfagas de viento, que fueron perjudicando la productividad de los viñedos.
Más tarde se produjo el fuego. La consecuencia no fue solamente la destrucción de plantas: disminuyó la cantidad de uva disponible para que las bodegas elaboraran vino, comprometiendo su rentabilidad, produciendo una verdadera escala descendente en la economía.
El futuro de La Palma no deba buscarse únicamente en la conservación de lo antiguo. Durante mucho tiempo sus vinos fueron vinos de consumo local, elaborados en cantidades pequeñas y prácticamente desconocidos fuera de Canarias.
Hoy el escenario comienza a ser diferente. La búsqueda de variedades autóctonas, viñas viejas, vinos con identidad, enoturismo y territorios poco intervenidos ha puesto en valor elementos que la isla tenía en su genealogía desde el siglo XVI.
No necesita parecerse a ninguna de las grandes regiones del vino ni competir con ellas. Tiene variedades propias, viñas a pie franco, malvasías históricas, el particular vino de tea y una geografía que cambia notablemente en pocos kilómetros. Ese es su verdadero tesoro, es en ese lugar donde debe asentar la identidad de un vino distinto.

