(BUENOS AIRES).- “Ya en su evaluación previa, el Vasco tenía bien conceptuado al central, y fue uno de los nombres por el que levantó el pulgar a la hora de definir el plantel que decidiría heredar”, reconstruyen desde el entorno del cuerpo técnico de Boca. Ese gesto de confianza de Rodolfo Arruabarrena bastó para que el propio Figal abandonara la idea de marcharse y desactivara cualquier contacto que pudiera llegar desde Avellaneda. Fue un volantazo drástico: de un día para el otro, el zaguero pasó de empujar una salida casi cantada a prepararse para una nueva pretemporada en Ezeiza, con el desafío explícito de ganarse un lugar en el once titular.
El mercado tampoco jugó en su contra, como venía sucediendo. La dirigencia de Boca había apuntado los cañones a un refuerzo de peso en su puesto, el colombiano Jhohan Romaña, y no descartó tiempo después la alternativa de Santiago Núñez, el marcador de Estudiantes. Sin embargo, ninguna de esas gestiones prosperó lo suficiente como para alterar la línea de sucesión. El freno a las incorporaciones forzosas en la zaga central le abre a Figal, en los papeles, la oportunidad concreta de pelear mano a mano la titularidad con Lautaro Di Lollo, el juvenil que aprovechó su ausencia para consolidarse como una opción de gol y despliegue.
La historia de Figal en el club de la Ribera tiene pasajes contundentes y desiertos extensos. Fue pieza importante —de ésas que sostienen una campaña larguísima— en la conquista de los dos campeonatos de 2022, un logro que luego distinguió en la intimidad del vestuario con una frase que grafica su carácter. Aquella noche, frente a sus compañeros, dijo: “Hay un equipazo y podemos salir campeones”. Ese perfil de referente puertas adentro nunca lo perdió, incluso cuando el físico se interpuso. Su contrato, con vigencia hasta diciembre de 2027, lo mantiene atado a Boca; a sus 32 años y con 115 partidos acumulados en la camiseta azul y oro —la misma cantidad exacta que disputó en Independiente—, la percepción sobre su legado depende casi por entero de lo que ocurra en los próximos meses.
La última vez que libró una batalla semejante contra una lesión seria fue en diciembre de 2024, cuando decidió someterse a una cirugía que lo marginó durante aproximadamente seis meses. A su regreso ya no encontró el puesto disponible, en parte porque Di Lollo respondió con actuaciones sólidas que oxigenaron a un equipo necesitado de garantías atrás. Hoy el panorama es distinto: sin una inversión crucial en defensa y con un entrenador que lo conoce y lo ha elegido, Figal dispone de un terreno más parejo para volver a tener incidencia real dentro del campo.
La temporada que comienza será, por distancia, su última gran carta para inscribirse en el relato grande del club. No alcanzará con la confianza de Arruabarrena; Figal deberá traducir ese respaldo en minutos de fútbol, en la regularidad que se le escurrió en los tramos más exigentes del calendario anterior. Mientras Di Lollo crece y la búsqueda de un marcador central sigue latente aunque sin urgencia declarada, la nueva oportunidad del zaguero es también un espejo incómodo: lo que para algunos representa un acierto de gestión y un gesto de autoridad del Vasco, para el jugador constituye, en el fondo, la frontera final entre la consolidación y la despedida sin gloria.
