(BUENOS AIRES).- “Nosotros sacábamos mucha leche y a mí me tocaba venderla en Ricaurte. Sembrábamos plátanos. Cosechaba limón para venderlo y comprarme los zapatos para poder jugar. Fueron momentos muy lindos con mi familia”, contó Enner Valencia, el delantero ecuatoriano de 36 años que se convirtió en el cuarto refuerzo de Boca y que llegará a la Argentina en la madrugada del sábado para hacerse los estudios médicos. Antes de ser goleador histórico de su selección y de jugar tres Mundiales, su vida era muy distinta: su primer entrenamiento no fue con una pelota, sino en una granja familiar en las afueras de Ricaurte, en la provincia de Esmeraldas.
A la salida de la escuela, Valencia no iba a una canchita, sino al campo junto a su padre, Remberto. La rutina era siempre la misma: atender a los animales, sacar leche, sembrar, cosechar plátanos y limones para vender en el pueblo. Caminaba cerca de veinte minutos cargando la producción desde el campo hasta los comercios de la zona, y ese esfuerzo tenía un objetivo muy concreto: comprarse un par de botines. “En ese instante no se me pasaba por la cabeza que pudiera ser futbolista profesional. Las cosas se fueron dando poco a poco”, confesó.
Cada litro de leche y cada cosecha le permitieron hacerse de un verdadero lujo para su familia. Cuando por fin tuvo los botines, Enner Valencia los cuidaba como un tesoro: dormía con ellos al lado de la cama y casi no se los sacaba. Detrás de ese calzado estaban las largas jornadas de trabajo junto a su padre, y el delantero siempre entendió que cada paso había que ganárselo.
El cambio llegó cuando un cazatalentos lo vio en torneos regionales entre las parroquias de Esmeraldas y le consiguió una oportunidad en Caribe Junior, un modesto club de la provincia amazónica de Sucumbíos, el mismo semillero en el que años antes se había formado Antonio Valencia. De ahí pasó a probar suerte en el fútbol profesional: primero en Barcelona de Guayaquil, donde no quedó, y poco después en Emelec, que decidió apostar por aquel delantero espigado que llegaba del interior del país. Con apenas 18 años dejó atrás su pueblo y se instaló en Guayaquil.
Como no tenía dinero para alquilar una habitación, el club lo alojó durante aproximadamente un año dentro del estadio George Capwell. En ese tiempo, el propio Valencia se encargaba de todo: lavaba su ropa, buscaba qué comer y muchas veces se entrenaba sin haber desayunado. En más de una ocasión, directamente no había comida. “Esa experiencia me hizo un poco más maduro, porque me tocó ponerme a lavar mi ropa, buscar comida, porque no teníamos desayuno cuando íbamos a entrenar. Fue muy lindo, me hizo una mejor persona y valorar mucho las cosas”, aseguró.
Aunque subió rápidamente al primer equipo, debió esperar casi dos años para debutar oficialmente. Recién en 2010 apareció en Primera y desde entonces su carrera explotó: fue campeón con Emelec, goleador de la Copa Sudamericana, figura de Ecuador y a partir de allí pasó por México, Inglaterra, Turquía y Brasil, hasta convertirse en el máximo artillero histórico de la selección ecuatoriana.
Ahora Enner Valencia llega a Boca con una mochila cargada de goles y experiencia, pero antes de los estadios europeos y los Mundiales hubo un chico que caminaba con baldes de leche y bolsas de limones para comprarse un par de botines. El sábado se pondrá a disposición de Arruabarrena después de completar la revisión médica, con la misma determinación que aprendió en aquella granja de Ricaurte.
