(Por José De Álzaga).-Amigo Lector: escribo desde Aquisgrán, esa antigua ciudad imperial alemana que Carlomagno —hombre que tuvo muchos defectos pero jamás el de la modestia— eligió para instalar su corte hace ya más de doce siglos. He venido convidado a las jornadas ecuestres que reúnen por estos días a algunos de los mejores caballos del mundo y a buena parte de esa realeza europea que, contra todos los pronósticos de republicanos, socialdemócratas, psicoanalistas y periodistas norteamericanos, continúa obstinadamente viva. Caballos extraordinarios, carruajes históricos, princesas, infantas y esos apellidos alemanes que comienzan en una punta de la mesa y terminan cuando ya han servido el postre. Todo marchaba razonablemente bien hasta que mi teléfono —ese pequeño artefacto inventado para impedirnos ser felices— tuvo la insolencia de traerme noticias de Catamarca y Raúl Jalil.
¡Raúl Jalil quiere seguir gobernando! O, al menos, no parece demasiado entusiasmado con esa vieja y saludable costumbre republicana consistente en marcharse después de gobernar ocho años. Quizás en esto aflore alguna remota memoria de su ascendencia turca —los pueblos conservan hábitos que sobreviven misteriosamente a generaciones, océanos y documentos de identidad— y el gobernador contemple la Casa de Gobierno de Catamarca con la misma melancolía con que algún antepasado suyo habrá contemplado las puertas del palacio de Topkapi. Confieso que la noticia me produjo cierta ternura. Hay hombres que al cumplir ocho años en un cargo empiezan a preparar sus memorias; otros preparan las valijas; algunos, los más sensatos, empiezan a preguntarse quién pagará las cuentas que dejaron. Raúl Jalil, en cambio, parecería buscar un abogado. Siempre existe uno dispuesto a descubrir que donde la Constitución dice ocho años, en realidad quiso decir doce. ¡Dios los bendiga! Sin ellos, los políticos deberían aprender a leer.
La cuestión no es menor. La Corte Suprema de Justicia de la Nación viene dejando desde hace años un caminito de migas bastante visible para cualquiera que no padezca ceguera republicana. Frenó a Gerardo Zamora en Santiago del Estero, intervino frente a las pretensiones de Sergio Uñac en San Juan y Juan Manzur en Tucumán y, en diciembre de 2024, declaró inconstitucional la reelección indefinida en Formosa. Habló incluso —¡qué expresión maravillosa para estos tiempos de caciques con chofer!— de la “virtud republicana de desalentar la posibilidad de perpetuación en el poder” y recordó que la periodicidad, renovación y alternancia de las autoridades son elementos esenciales de una República. No sostengo, porque no soy un picapleitos de tribunales provinciales, que esos antecedentes invaliden automáticamente una eventual candidatura de Jalil. Sostengo algo bastante más sencillo: cuando para explicar por qué podéis seguir gobernando necesitáis tres constitucionalistas, cuatro fallos y una pizarra, probablemente haya llegado el momento de dedicaros a otra cosa.
Ocho años, además, son ocho años. Alejandro Magno necesitó menos para conquistar Persia; Churchill atravesó una guerra mundial; y a Carlos V le alcanzó una vida para gobernar un imperio en el cual, según gustaban repetir sus aduladores, nunca se ponía el sol. Nuestro pequeño Habsburgo en Catamarca, en cambio, parecería considerar insuficientes dos períodos completos para concluir su obra. Ignoro cuál será esa obra. Sus partidarios podrán describirla con entusiasmo y sus adversarios —que no son pocos— sostienen que se trata de una de las peores administraciones de la provincia desde la recuperación democrática. No entraré en semejante disputa. Tengo una debilidad por las causas perdidas, pero no tanta.
El problema del bueno de Raúl —permitidme llamarlo así, pues después de ocho años uno adquiere ciertas confianzas— tampoco termina en la Corte. Resulta que mientras gobernaba gracias al peronismo descubrió una sorprendente simpatía por Javier Milei. Sus legisladores acompañaron iniciativas importantes de la Casa Rosada y Jalil terminó convertido en uno de esos gobernadores peronistas que producen en el peronismo el mismo entusiasmo que una inspección fiscal en Mónaco. Nada habría de malo en cambiar de opinión; yo mismo he cambiado muchas veces de marcas de champagne. El inconveniente comienza cuando uno pretende conservar simultáneamente la botella anterior, la nueva y la bodega.
Y entonces apareció Gustavo Saadi. El intendente de San Fernando del Valle cuenta con un detalle que en política suele ser más importante que veinte encuestas: el respaldo de su prima Lucía Corpacci, exgobernadora y mujer que conoce el peronismo catamarqueño con la intimidad con que una institutriz inglesa conoce los pecados de la familia que la contrata. Corpacci mantiene, además, su histórica cercanía con Cristina Kirchner, quien —según me cuentan personas bastante mejor informadas que yo— no colocaría precisamente el retrato de Jalil junto al de Néstor sobre la mesa de luz. El acercamiento del gobernador a Milei no pasó inadvertido. Cristina Kirchner puede tener muchos defectos; la amnesia jamás estuvo entre ellos.
Saadi representa entonces algo bastante desagradable para Jalil: un futuro en el cual Jalil no resulta indispensable. ¡Qué descubrimiento espantoso debe ser para un gobernante! Los hombres que llevan demasiado tiempo rodeados de secretarios, custodios, ministros y aduladores terminan confundiendo una provincia con una prolongación de su comedor. Luis XIV podía permitirse aquello de L’État, c’est moi —El Estado soy yo, para los no iniciados en francés—, porque era Luis XIV. Incluso él, por cierto, murió. Pero el gobernador de Catamarca parece resistirse a abandonar la mesa y, como el peronismo ya comienza a mirar hacia Saadi, habría aparecido una solución que merece toda nuestra admiración.
El hermano
¡Maravilloso! Si Raúl no puede, que siga otro Jalil. La idea posee una pureza dinástica que aquí, en Aquisgrán, sería comprendida perfectamente. Los Capetos, los Borbones, los Habsburgo y los Windsor llevan siglos resolviendo problemas sucesorios de manera semejante, aunque debo advertir que ellos jamás tuvieron la impertinencia de llamarlo renovación republicana. No existe, naturalmente, impedimento moral alguno para que el hermano de un gobernador haga política. Pero si después de ocho años de gobierno, cientos de funcionarios, intendentes, legisladores, ministros y dirigentes, la única persona capaz de continuar el proyecto comparte la mesa de Navidad del gobernador, quizá Catamarca no tenga un problema de dirigentes sino de árbol genealógico.
Y ése es, Amigo Lector, el verdadero asunto. Jalil puede contratar abogados para discutir un tercer mandato. Puede intentar detener a Saadi. Puede reconciliarse con unos, negociar con otros o descubrir, como descubren todos los gobernadores cuando se aproxima el final, que su hermano posee extraordinarias condiciones para la función pública. Lo único que no puede modificar son los ocho años transcurridos. Los espantosos años que hizo vivir a los catamarqueños. El poder republicano tiene esa desagradable costumbre de ser prestado. Uno llega, gobierna y después se va. Parece sencillo. Sin embargo, desde los faraones hasta nuestros gobernadores, abandonar voluntariamente el palacio ha sido una de las disciplinas más difíciles de la condición humana.
Debo dejaros. Me esperan nuevamente los caballos y esta noche he prometido compartir una botella de Château Cheval Blanc con un viejo amigo cuya familia lleva tantos siglos sobreviviendo a los gobiernos europeos que ha desarrollado la sabia costumbre de no tomarse ninguno demasiado en serio. Antes pasaré por la catedral. Allí continúa enterrado Carlomagno, rey de los francos, rey de los lombardos y emperador de Occidente. Gobernó casi medio siglo, conquistó buena parte de Europa y, aun así, no consiguió llevarse Aquisgrán con él.
Quizás Raúl Jalil debiera venir alguna vez.
Marco Aurelio escribió que “todo lo que ves pronto perecerá”. Los emperadores lo sabían. Los caballos, sospecho, también.
Algunos gobernadores tardan un poco más.
Hasta la próxima.-
