(BUENOS AIRES).- «Necesitamos ser campeones de algo». La frase de Rodolfo Arruabarrena, proferida en el Morumbí, resume el espíritu con el que el Vasco condujo a Boca a las semifinales de la Copa Sudamericana: el equipo empató con San Pablo en Brasil, se mantiene expectante en la Liga local y está a tres partidos de ganar la Copa Argentina. A tres meses de su regreso al club que lo vio nacer como jugador, Rodolfo Arruabarrena parece haber dado en la tecla.
El propio DT marcó el tono apenas se sentó en la conferencia de prensa post partido en el Morumbí. «Me hubiera gustado ganar, pero bueno… el empate nos da la posibilidad de pasar», dijo sobre una clasificación que celebró con mesura, sin perder de vista el objetivo mayor. Del otro lado, San Pablo apuntó contra el VAR por un offside del partido, al que consideró que lo perjudicó.
Los números acompañan esa confianza. En la primera curva de su flamante ciclo hubo dos derrotas ante Riestra y otra en la revancha ante O’Higgins, que igual terminó en victoria por penales. Desde entonces, Boca encadena 13 partidos sin conocer la derrota, una racha que le permite llegar vivo a todas las competencias.
La estadística de Mata Mata es la más llamativa del expediente de Arruabarrena. Sumando sus dos etapas como director técnico del club, registra 15 mata mata ganados sobre 18 que tuvo por delante, un porcentaje que explica por qué en el vestuario y en la tribuna crece la sensación de que el equipo está construido para las definiciones. Esa sapiencia, insisten en su entorno, no surge de vivir del pasado sino de bajarle al grupo cada experiencia recogida.
Sin grises en la Bombonera
La exigencia también se advierte en los detalles. Tras el 3-1 con mayoría de suplentes ante Central Córdoba en la Bombonera, el viernes anterior al empate en Brasil, el Vasco lamentó el descuento en el final por no haber podido conservar la valla en cero. Y cuando la victoria por penales ante Vélez por Copa Argentina le permitió hablar de su racha en la competencia, cambió el foco hacia una polémica que lleva más de una década, la del arbitraje de Diego Ceballos en aquella final del 2015 ante Rosario Central. «No hay que olvidarse de que el árbitro lo pusieron ellos», dijo.
Ese gesto dice algo del personaje: Rodolfo Arruabarrena volvió por todo. En su anterior paso por el club se fue con dos títulos pero lamentando las eliminaciones coperas justo frente a River, ambas envueltas en polémicas de las que, a la distancia y en esta etapa, aún no se pronunció. Si algo sabe el entrenador, es que no hay grises en Boca: no alcanza con quedarse en la orilla, ni siquiera un poco más. Por eso repite, como un mantra, que hay que competir para ganar.
Las palabras justas parecen ser su marca registrada. Después de la clasificación, el Vasco les dijo públicamente «Gracias» a sus jugadores, hablando desde su rol de hincha, según él mismo lo definió. Fueron 10 años lejos del club, en los que se mantuvo conectado desde lo profesional y con el fútbol de entrenador, pero también con el sentimiento del hincha que es. Metido en todo, trabaja con el manual sagrado de su maestro Carlos Bianchi, al que precisamente recordó tras el festejo en el Morumbí.
Las decisiones también hablan de esa confianza. Tras el empate con San Pablo, Arruabarrena explicó que los jugadores pasarían la noche en Brasil: «Llegaríamos muy temprano allá y la recuperación no es la ideal». Cambió la rutina pensando en un mejor descanso y en seguir ganando, mientras el presidente de Boca se retiraba del estadio revisando los detalles de la noche copera junto a su hijo.
Ahora el ciclo pasa a la Liga local. «Vamos a ver cómo terminaron, hay muchos chicos que terminaron cansados. Vamos a analizar a San Lorenzo, el último partido jugó con línea de cinco…», cerró el DT sobre el próximo rival, al que ya empezó a estudiar. Con tres frentes abiertos y el recuerdo de la gloria pasada como brújula, Arruabarrena administró hasta la salida del estadio la aventura copera que el equipo acaba de vivir en Brasil.
