(CATAMARCA).-(Por José de Álzaga).- Amigo Lector: es mediodía en Catamarca y el termómetro marca 96,8 grados Fahrenheit, una temperatura que invita a desconfiar de Dios, del aire acondicionado y, muy especialmente, de quienes han elegido voluntariamente gobernar estas tierras. Escribo mientras aguardo a que vengan por mí. Siempre me ha gustado que me vengan a buscar: para una cena, para una fiesta o, en mis mejores años, para cometer algún error. Esta vez será para asistir a una reunión de criadores de caballos peruanos de paso, donde algunos amigos han decidido agasajarme. Ignoro todavía si semejante gentileza obedece a los ejemplares que crío desde hace años o al hecho, bastante más extraordinario, de haber permanecido una semana estoicamente en esta provincia triste y empobrecida desde que Raúl Jalil la gobierna. Si es por lo primero, agradeceré el gesto. Si es por lo segundo, aceptaré la condecoración.
Mientras esperaba cometí el error de mirar el teléfono. Cuatro periodistas de LA NACION habían sido condenados en Formosa a cinco días de arresto, sustituibles por una multa. Al parecer, entre sus pecados figuraba ejercer el periodismo sin la acreditación correspondiente. Sonreí. El poder tiene una debilidad conmovedora por los permisos: nada le produce más placer que conceder aquello que nunca tuvo derecho a prohibir. Gildo Insfrán gobierna Formosa desde 1995. Treinta años, Amigo Lector. Hay matrimonios que por mucho menos terminan con un abogado, dos amantes y una casa en venta.
Estaba por guardar el teléfono cuando apareció Javier Milei y entonces la historia adquirió un interés inesperado. El Presidente escribió «TIRO POR LA CULATA» y aprovechó la ocasión para volver a ajustar cuentas con los periodistas. Me causó gracia. Milei llegó al poder prometiendo terminar con todo aquello que Gildo Insfrán representa y, sin embargo, aquella mañana el viejo gobernador formoseño acababa de regalarle una pequeña felicidad. No todos los días descubrimos que alguien a quien detestamos sabe exactamente cómo alegrarnos la mañana.
Insfrán y Milei deberían detestarse con método, disciplina y, si fuera posible, puntualidad. Uno lleva más de treinta años gobernando Formosa; el otro llegó a la Casa Rosada prometiendo terminar con los hombres que llevan treinta años gobernando. Uno hizo de la permanencia una virtud; el otro, de la ruptura una religión. Los separan casi todas las ideas que dicen profesar. Pero bastaron cuatro periodistas —Micaela Urdinez, Lautaro Guillamondegui, Joaquín Rajadel y Javier Corbalán, los cuatro condenados— para que, por un instante, dos enemigos descubrieran el placer de compartir una misma aversión.
No digo, naturalmente, que sean lo mismo. Una condena judicial y una diatriba presidencial pertenecen a especies diferentes. Pero el poder tiene parentescos que no siempre figuran en los árboles genealógicos. Insfrán encontró un expediente; Milei, un teléfono. Uno tuvo un juez; el otro, las mayúsculas. Distintos instrumentos para una incomodidad bastante parecida: hay pocas cosas que irriten tanto al poderoso como descubrir que el micrófono que tiene delante no le pertenece.
Sonó entonces mi teléfono. Era una de las personas que vendría a buscarme: una criadora catamarqueña de caballos peruanos de paso, dueña de unos ojos verdes capaces de hacerme olvidar por algunos minutos a gobernadores, presidentes y otras calamidades nacionales. Le conté la historia y guardó silencio unos segundos. Después preguntó, con esa crueldad involuntaria que tienen las preguntas sencillas: «Entonces, ¿cuál de los dos es el liberal?» Confieso que preferí no responder. Los hombres hemos inventado doctrinas, partidos y revoluciones enteras para evitar admitir que una mujer acaba de hacernos una pregunta para la cual no tenemos respuesta. Cambié de tema y le pregunté por sus caballos. Ella se rio. Los ojos verdes, una vez más, habían ganado por abandono.
Me quedé pensando en su pregunta. Los políticos suelen explicar sus diferencias con discursos interminables; sus semejanzas, en cambio, aparecen cuando algo los irrita. Milei e Insfrán no necesitan compartir una doctrina, una boleta ni siquiera una mesa. Alcanza con que alguien acerque un micrófono en el momento equivocado. Entonces desaparecen por un instante las ideologías y queda algo bastante más antiguo: la incomodidad del poder cuando descubre que no puede elegir las preguntas.
No profeso, por cierto, ninguna devoción religiosa por los periodistas. He conocido algunos admirables y otros a quienes no confiaría siquiera la necrológica de un enemigo. Los hay valientes, venales, cultos, estólidos y unos cuantos tan enamorados de su propia voz que consideran una interrupción cualquier noticia en la que no aparezcan. Pero la libertad de prensa tiene precisamente esa incómoda elegancia: no exige que quien la ejerce nos resulte simpático. Para proteger al adulador nunca hizo falta una Constitución; le bastaron siempre una silla cerca del poderoso y una columna vertebral suficientemente flexible.
Lo curioso es que ninguno necesitó acercarse al otro. Insfrán siguió siendo Insfrán y Milei siguió siendo Milei. No hubo acuerdo, fotografía ni apretón de manos. Fue suficiente una condena para revelar una coincidencia que jamás habría sobrevivido a una conferencia de prensa conjunta. La política tiene estas intimidades vergonzantes: algunos adversarios pasan años insultándose hasta que un tercero consigue, involuntariamente, presentarlos. Esta vez hicieron falta cuatro periodistas.
El automóvil acaba de detenerse frente a la casa. Reconozco detrás del parabrisas a la criadora de ojos verdes y considero prudente abandonar a Javier Milei, a Gildo Insfrán y a sus respectivas furias. Me esperan los caballos, algunos buenos amigos y una tarde que promete asuntos bastante más agradables. Llevo conmigo una botella de Château Margaux 2005 que guardaba para una ocasión digna. Al parecer, la ocasión decidió venir a buscarme. Hoy la descorcharemos y brindaré por esos cuatro periodistas. Voltaire dejó escrito: «Es peligroso tener razón cuando el gobierno está equivocado». Quizás sea suficiente para esta tarde. De la política ya hemos hablado demasiado; de los ojos verdes, en cambio, nunca se ha escrito lo suficiente. Hasta la próxima.-
