(LONDRES).- Amanece bajo esa llovizna fina que los ingleses soportan con la misma resignación con que soportaron reyes ineptos, guerras interminables y la pérdida de un imperio. Desde Mayfair contemplo taxis negros, paraguas oscuros y una ciudad que tardó siglos en aprender que al poder conviene ponerle límites. Entonces leo que Donald Trump promete cinco mil dólares a cada ciudadano adulto si los republicanos conservan la Cámara y el Senado. ¡Cinco mil dólares! No hay metáfora ni error de imprenta. Si los míos ganan, usted cobra. La democracia más poderosa de Occidente acaba de conocer su precio de mostrador.
Trump siempre mantuvo con el dinero una relación mucho más estable que con sus principios. Lo quiere, lo comprende y seguramente confía más en él que en buena parte de la humanidad. Donald pertenece a esa clase de hombres convencidos de que todo tiene un precio y que aquello que asegura no tenerlo simplemente espera una oferta mejor. Ahora ha trasladado semejante filosofía a la República. Maquiavelo necesitó un libro, Montesquieu tres poderes y Tocqueville recorrer medio continente. Al magnate le bastó una calculadora: cinco mil dólares por cabeza. ¡Qué formidable ahorro de teoría política!
La democracia norteamericana inventó las primarias, los caucus, el Colegio Electoral, los contrapesos institucionales y la Enmienda 22. Aparentemente todavía le faltaba descubrir el reintegro en efectivo. Hamilton y Madison escribieron páginas memorables para impedir que el poder devorara la República; Donald, hombre más práctico, propone que la República entregue un cheque. Jefferson necesitó una Declaración de Independencia para entusiasmar a sus compatriotas. Trump confía en una transferencia. ¡Dos siglos y medio de evolución constitucional para terminar descubriendo el cashback electoral!
La contradicción sería deliciosa si no resultara indecente. Trump hizo carrera denunciando subsidios, despilfarros y esa manía progresista de solucionar cualquier desgracia introduciendo la mano en el bolsillo del Estado. El dinero público era una perversión cuando lo repartían sus adversarios. Ahora, administrado por Donald, parece haber recibido indulgencia plenaria. Si lo entrega un demócrata es socialismo; si lo entrega Trump es “dividendo”. Los antiguos alquimistas pretendían convertir plomo en oro. Donald ha conseguido algo bastante más difícil: convertir populismo en capitalismo cambiándole solamente la etiqueta.
No me interpretéis mal, Amigo Lector. Un Estado puede auxiliar al pobre, compensar al jubilado, devolver impuestos y socorrer a quien perdió todo. Hasta Nerón comprendía que Roma debía repartir trigo cuando las cosas se ponían feas. El problema comienza cuando una victoria electoral y cinco mil dólares aparecen sentados a la misma mesa. Allí el elector deja lentamente de ser soberano y adquiere el aspecto de un cliente con tarjeta de fidelidad. Ya no se discute qué República desea, sino cuánto devuelve la República por elegir correctamente. El sufragio universal acaba convertido en un programa de millas.
Los latinoamericanos, que en materia de degradaciones electorales no necesitamos profesores visitantes, conocemos bien el paisaje. Hemos visto bolsones, colchones, chapas, empleos públicos y algún electrodoméstico providencial aparecer cuando las urnas comenzaban a acercarse. Durante décadas Washington nos observó con esa superioridad con que un lord contempla los modales del nuevo rico. ¡Qué injustos fuimos con nuestros punteros! Ellos trabajaban artesanalmente, casa por casa y con presupuestos modestos. Trump industrializó el oficio. Nosotros ofrecíamos un choripán; el Primer Mundo, como corresponde, cotiza en dólares.
Pero sería demasiado sencillo culpar únicamente a Trump. Donald posee el raro talento de pronunciar sin rubor aquello que muchos prefieren ejecutar en silencio. La verdadera enfermedad consiste en considerar al elector un consumidor al que puede estudiarse, segmentarse, asustarse, seducirse y finalmente comprarse. Las campañas ya saben qué mira, qué desea, qué teme y hasta qué disparate consigue enfurecerlo antes del desayuno. Faltaba un pequeño detalle: colocar la cifra sobre el mostrador. Trump, siempre servicial cuando se trata de romper un pudor, anunció cinco mil. Al menos nos ahorró el regateo.
Pienso en Washington devolviendo voluntariamente el poder; en Jefferson escribiendo sobre derechos inalienables; en Lincoln salvando una Unión despedazada. Después pienso en el “dividendo Trump” y siento que alguien ha colocado una caja registradora en el Salón de la Independencia. Las repúblicas rara vez mueren con clarines, tanques y generales entrando al palacio. Algunas comienzan a morir mucho antes, cuando pierden el pudor, luego las formas y finalmente el significado de las palabras. Todavía conservan Congreso, elecciones y jueces. Sólo van perdiendo, discretamente, aquello para lo cual habían sido creados.
Tal vez los republicanos ganen y los cinco mil dólares nunca aparezcan. Tal vez ganen y Donald consiga que el Congreso encuentre la caja de donde sacarlos. Es casi secundario. La verdadera derrota ocurrió cuando semejante propuesta pudo formularse sin que el mundo democrático sufriera un síncope. Ése es el dato aterrador. Las instituciones no siempre son asesinadas; algunas fallecen de acostumbramiento. Un disparate hoy, una indignidad mañana, una concesión el domingo y el lunes todos desayunan tranquilamente. La decadencia posee esa cortesía: jamás avisa que acaba de entrar.
Esta noche no beberé. Esta ciudad ha visto coronaciones, regicidios, guerras, funerales de reyes y el entierro de un imperio; sabrá comprender que tampoco todas las noches merecen una copa. A Benjamin Franklin se le atribuye aquella respuesta cuando le preguntaron qué gobierno habían creado: “Una república, si pueden conservarla”. Durante años creí que conservarla requería coraje; después pensé que bastaban instituciones. Me equivocaba. Exige algo bastante más incómodo: ciudadanos capaces de mirar cinco mil dólares sobre la mesa y recordar que hay cosas que un hombre decente no vende. La democracia está de luto.
Hasta la próxima
José De Álzaga
Josedealzaga@elintransigente.com
- Nació el 25 de mayo de 1955. Egresó con el Título de Licenciado en Historia de la Universidad de El Salvador. Cursó luego la Licenciatura en Filosofía en la Universidad de Navarra, España. Ejerció la docencia en prestigiosos colegios de la Ciudad de Buenos Aires. Posee títulos de posgrado otorgados por la Universidad de Boston. Actualmente, está dedicado a la investigación del impacto social de las ideas posmodernas en la Cultura Occidental.
