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VIDA Y ESTILO

El vino del papa: por qué Châteauneuf-du-Pape es una denominación de guarda

 

Su historia comienza en el siglo XIV, cuando el papa Clemente V traslada la sede del papado de Roma a Aviñón y, por un tiempo se suceden los Papas.

 
Châteauneuf-du-Pape

(Por Carolina Mena Saravia para El Intransigente).- Châteauneuf-du-Pape es elegancia en el tiempo. Su historia comienza en el siglo XIV, cuando el papa Clemente V traslada la sede del papado de Roma a Aviñón y, durante casi setenta años, se suceden siete papas que conducen la Iglesia desde este reducto al sur de Francia. Así, de la noche a la mañana, la importancia de Aviñón fue creciendo hasta convertirse en una de las capitales políticas y culturales de Europa.

Su sucesor, Juan XXII, fue quien ordenó construir una residencia de verano sobre una colina cercana a Aviñón, dando origen así a Châteauneuf-du-Pape, al sur del valle del Ródano. Ese edificio tomó el nombre de Castellum Novum Papae, el “castillo nuevo del Papa”, denominación que con el tiempo, en francés, se transformaría en Châteauneuf-du-Pape.

La disposición final del castillo estaba constituida por viñedos organizados a su alrededor. El papa protegía la calidad de la producción, se convertía en celoso custodio cultural y, al mismo tiempo, fomentaba el comercio del vino que allí se elaboraba. Así, entre rezos y cuidados, el vino de Châteauneuf fue concebido desde sus inicios como un vino asociado al poder y a la excelencia, a la idea de que lo bueno debe esperarse con paciencia.

Crus o no crus, esa es la cuestión

Siguiendo la singularidad del mapa vitivinícola francés, Châteauneuf-du-Pape nunca tuvo una clasificación interna de crus, como sucede en otras regiones. Todas las botellas llevan el mismo nombre en la etiqueta. El estatus se edificó de otra forma, apelando al tiempo como gran aliado. Es allí donde el vino descansa y construye su reputación. Toda la magia se cocina en la guarda.

El paisaje juega un papel fundamental en esa identidad. Más precisamente, la constitución del suelo con los famosos galets roulés, piedras redondeadas que cubren la superficie y contribuyen a preservar el calor durante el día para devolverlo por la noche, dando lugar a vinos de maduración generosa, elevado alcohol y carácter robusto. Esta cualidad hace que su encanto se dilate en el tiempo, ya que esa potencia necesita una gestación minuciosa.

Châteauneuf-du-Pape

El sello papal y la paciencia

Cuando Francia crea el sistema de denominaciones en 1936, Châteauneuf-du-Pape fue una de las primeras AOC reconocidas. Esta clasificación implicaba cumplir una serie de reglas preestablecidas, estrictas y determinantes, como una graduación mínima de alcohol, rendimientos limitados y determinadas prácticas en el viñedo.

La forma de entenderlos durante décadas fue encuadrarlos dentro del consumo tradicional, en el que se advertía cierta severidad en su juventud. Si bien era posible degustarlos jóvenes, esa no era la mejor manera de comprender su valía.

Cuando el siglo XX llega a su fin, junto con el cambio cronológico se percibe una transformación en el mundo del vino. La crítica internacional abre nuevos horizontes y expectativas, donde la presión por la inmediatez comienza a imponerse. Era necesario que el vino abriera sus aromas y sabores rápidamente, como si en esa premura pretendiera revalidar prestigio y conquistar nuevos y ansiosos paladares.

Châteauneuf-du-Pape respondió a esta consigna del mercado con serenidad. No estaba dispuesto a claudicar en su tradición ni a someterse a las exigencias de un mercado tan voluble como la moda. Como respuesta, algunos productores comenzaron a seleccionar parcelas, a determinar cuáles viñas eran las más viejas, en la búsqueda de crear vinos más ambiciosos, de amplio carácter, que no pretendían modernizarse, sino reafirmar el concepto de tradición.

Este fue el escenario ideal en el que surge la Cuvée du Papet de Clos du Mont-Olivet, uno de los ejemplos más citados de esa nueva etapa. Se trata de una selección de viejos viñedos, con bajos rendimientos y una crianza diseñada para extenderse en el tiempo. En una cata que abarcó más de treinta años, el crítico Matt Walls expresó su sentir sobre este vino como algo “concebido para recompensar al que sabe esperar”, una frase que perfectamente podría aplicarse a todo Châteauneuf-du-Pape.

Châteauneuf-du-Pape

Trece cepas, un mito

Hablar de Châteauneuf-du-Pape es hablar de combinación. La denominación autoriza trece variedades tradicionales, que hoy técnicamente se han ampliado por sus mutaciones, pero en el corazón del vino una sola cepa destaca: la grenache.

Esta variedad aporta fruta roja madura, alcohol y esa cuota de calidez mediterránea tan característica del sur del Ródano. A su lado, la syrah suma vigor y color; la mourvèdre, estructura y profundidad. El resto de las cepas autorizadas por la denominación —cinsault, counoise, vaccarèse, muscardin, terret noir y las blancas como clairette o roussanne— contribuyen a afinar y equilibrar.

Hay una cualidad muy peculiar que marca la identidad de Châteauneuf-du-Pape: no todas las bodegas hacen uso de las trece variedades. Algunas se circunscriben a tres o cuatro; otras, por el contrario, eligen ensamblar varias cepas. Esta decisión, llevada a los suelos de galets roulés, implica mayor potencia y volumen; en arena, el vino puede volverse más ligero. Esa libertad dentro del marco reglamentario explica por qué Châteauneuf puede ser robusto o etéreo, especiado o floral, clásico o inesperado. En esa multiplicidad radica su encanto.

Cuvées, prestigio sigiloso

Contrariamente a lo que pueda parecer, en Châteauneuf-du-Pape una cuvée no es una etiqueta ostentosa. Es el producto de una decisión y de un largo recorrido, donde el comienzo se materializa en la elección, luego da lugar a la separación, continúa con una reducción en el volumen y culmina en la conciencia de que el vino no podrá consumirse inmediatamente. Allí radica el secreto: el paso del tiempo como aliado fundamental.

En una Francia donde cada región pugnaba por mantener sus características y diferenciarse, y en una región sin jerarquías oficiales, Châteauneuf-du-Pape y estas cuvées se convirtieron en señales internas de prestigio, mejor entendidas por conocedores que por el gran público.

Otros productores entendieron el concepto de la misma manera. Château Rayas, una de las bodegas más legendarias y particulares de la denominación, con su estilo etéreo y su rechazo a la exuberancia y a la potencia, demostró que no todo implica fortaleza en Châteauneuf-du-Pape. Beaucastel, otra casa histórica, fiel al uso de todas las variedades permitidas, construyó su prestigio sobre la complejidad y la regularidad a lo largo de las décadas. Siempre hay un denominador común como punto de convergencia: el tiempo.

Desde Decanter, una de las revistas más influyentes del mundo del vino, el periodista británico Matt Walls resume al señalar que estas cuvées especiales ayudan a entender por qué Châteauneuf-du-Pape es, principalmente, una denominación de guarda, incluso cuando el mercado empuja en sentido contrario.

Espera, sinónimo de excelencia

Cuando nos referimos a Châteauneuf-du-Pape, surge inmediatamente el concepto de una mística que sobrepasa el mero análisis del vino. En un contexto dominado por la inmediatez, estos vinos no se dejan arrastrar por el mercado y proponen una idea distinta: comprar hoy para beber mañana, asumir la paciencia como virtud, invertir en el futuro como si se tratara de un hijo.

Esa idea se relaciona de manera natural con el concepto de buen vivir. Quien elige un Châteauneuf no busca simplemente ampliar el stock de una cava; su propósito es otro: la espera, la paciencia, cobijar un ejemplar que despuntará con el tiempo.

Châteauneuf-du-Pape