(BUENOS AIRES).- “Así como he venido de Tucumán en bolas, voy a volver en bolas”, dijo Carlos Horacio Salinas hace algunos años. La frase resume la historia de un delantero que ganó los títulos más importantes con Boca y con River, amasó una fortuna de dos millones de dólares y terminó preso en el penal de Devoto, viviendo de la pensión que le da el club de la Ribera.
Hijo menor de siete hermanos, Salinas se crio en Jujuy y con 16 años recibió un telegrama de River para probarse. “Se tomó un tren que tardó un día y medio y en la estación lo esperaban los dirigentes para probarlo. Lo llevaron así, sin dormir y lo instalaron en la pensión”, reconstruyó en una entrevista con El Gráfico. Su talento fue instantáneo: le hicieron firmar el contrato en el acto. Con la banda roja ganó el Nacional y el Metro de 1975, los títulos que cortaron una sequía de 18 años para el Millonario, pero su fanatismo por Boca le jugó una mala pasada. A fines de 1974, tras un empate 1-1 en el Monumental, bajó a la confitería del estadio con la camiseta auriazul que había intercambiado con Marcelo Trobbiani. “¿Cómo se va a poner usted la camiseta de Boca en la cancha de River? ¿Está loco?”, le recriminó un dirigente. Poco después lo vendieron a Chacarita.
La gloria en Boca
En 1977, el Toto Lorenzo lo llevó a Boca y ahí explotó la versión más recordada del Loco. En el Xeneize jugó 129 partidos, metió 18 goles y dio dos vueltas olímpicas históricas. Anotó un gol en la final intercontinental ante el Borussia Mönchengladbach y otro en el 4-0 a Deportivo Cali que consagró al club en la Copa Libertadores 1978. “Me puse la camiseta y no me la saqué más, siempre fui titular y metí goles importantes. Jugar en Boca me llevó a almorzar con Mirtha Legrand, en una época en la que no iba cualquiera”, contó Salinas. Aquella mesa compartida con la diva y el astrólogo Lilly Sullos tuvo un cierre insólito: “Salí del canal y me habían llevado el auto, ja, ja”.
El temperamento, sin embargo, le costó una sanción de 25 fechas por agarrar del cuello al árbitro Abel Gnecco en un partido ante Huracán. “Gnecco entraba a la cancha y te insultaba. Ese día, apenas entró, ya me dijo: ‘Escuchame, Salinas, no me transmitás el partido, ¿entendés?’. Tenía ganas de echarme antes de empezar. Me cobró foul por una amarilla y enseguida la roja por tirarme a los pies y me puse loco”, explicó. La disciplina lo dejó también afuera del Mundial 78: en una gira con Menotti solía llegar tarde a las concentraciones y dejó todo su premio en multas.
En 1981, cuando Boca compró a Diego Armando Maradona por 2,5 millones de dólares, Salinas entró en el paquete de jugadores que se entregaron a Argentinos Juniors. Después pasó por Independiente, por el fútbol colombiano, Racing de Córdoba, Deportivo Junín de Perú y Alumni de Villa María, donde finalmente colgó los botines a los 31 años.
A partir de ahí, las malas compañías terminaron de arrastrarlo. “Me empecé a encontrar con gente que no correspondía, que me llevó por un mal camino”, reconoció. Estuvo cuatro meses preso en el Pabellón 49 de Devoto por una causa de drogas que él siempre negó. “En Devoto me trataron bien. Trabajaba en la cocina, repartía la comida por los pabellones y desde que llegué, todas las tardes armábamos picados. Aunque igualmente la pasé feo, porque la cárcel siempre es un infierno. Salvo mi familia, del ambiente del fútbol solo me fueron a visitar Bochini y Pastoriza”, recordó.
Para entonces ya había dilapidado los dos millones de dólares, los siete departamentos y los dos BMW que llegó a juntar en sus años de transferencias. “Me separé, le di dos departamentos a cada una de mis hijas, después tuve que vender los otros, también los autos. ¿Para qué querría yo un auto hoy, si me muevo todo por el barrio?”, se sinceró. Hoy, a los 77 años, vive en un departamento de Caballito y se sostiene con la pensión que le otorga la Mutual de Boca, el club al que entregó las tardes de gloria que aún lo mantienen en pie.
